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CAMPS, COSTA Y LA PICARESCA

22 ene

Sabido es que el pícaro ha dado grandes títulos a la buena literatura española. El Lazarillo de Tormes, probablemente de 1552, es la primera y más conocida de la serie. No gustó a los enjuiciadores de la época: la Inquisición. La obra fue purgada de tal modo y tal manera que, posiblemente por ello su autor se desconozca y hasta le siglo XIX no fue autorizada la versión completa, no tuvo el nihil obstat. Hablar de pícaros ya era caro, como bien puede observarse, en el siglo XVI. Existir existían, pero era mejor no preguntar y no hablar de ello, menos, todavía, escribir.

En el 1599 Mateo Alemán pública el primer tomo de su Guzmán de Alfarache, el más pícaro entre los de ficción, que como bien es conocido ésta es siempre superada por la realidad. Un timorato, quizá precavido, Quevedo publica en hojas sueltas su Buscón, otro pícaro. No ha sido la televisión en directo quien nos ha puesto en contacto con los pícaros, ni estos deben abundar más que en aquella época de esplendor.

Los pícaros citados picaban bajo, volaban a ras, éstos de ahora tienen grandes pretensiones, son más ambiciosos, más cautivadores y arriesgan más. Hasta tocan poder. Producía sonrojo y vergüenza ajena escuchar a un diputado a las Cortes Valencianas, un electo por el pueblo, además secretario general del PP en la Comunidad Valencia, pedir al pícaro, rogar al pícaro, humillarse ante el pícaro para devenir miembro del Consejo de Gobierno de la Generalitat Valenciana. Las imágenes muestran al peticionario, Ricardo Costa, colorado ¡No es para menos! ¿Cómo se puede rebajar uno tanto? Ricardo Costa es un hombre formado, tiene preparación, estaba en ese puesto por su capacidad de organizar y en lugar de hablar con su Jefe, Francisco Camps, acude al intermediario, al conseguidor, el hombre capaz de encontrar a la persona adecuada para que los padres de Costa puedan tomar un poquito de caviar por Navidad. Es tan ruin, cicatero, mezquino, sórdido. Al pícaro, conocido por El Bigotes, no le gusta la petición, pero los negocios son los negocios. Da igual quien haya pagado trajes. Incluso da igual que le condenen o no, ya se ha condenado sólo en su propia simpleza, estolidez.

Más incomprensible es el amor primerizo o enfermizo de Francisco Camps por su amigo del alma, ese con quien tiene que hablar de lo “nuestro que es muy bonito”. Camps se hunde solito en esta historia de trajes, corruptelas y picaresca. Sus gestos en el juicio oral denotan su propia pesadumbre, su propia vergüenza. Un hombre Camps, que iba lanzado para grandes metas, que salva a Mariano Rajoy en 2008, porque pretende ser él hombre del PP en las elecciones siguientes. Y se ahorca en la soga de un bigote. La estupidez humana es infinita, no hay duda, al margen del veredicto.

Hay más claro, no en balde el Presidente del Gobierno de España no ha colocado en la dirección de la nave a ningún político de la Comunidad Valencia, ni siquiera al dicharachero y ocurrente Esteban González Pons, Rajoy sabe la razón: algo huele a podrido en la Comunidad Valencia y ahora llega el turno del juicio oral al politico a quien siempre le toca el gordo de la lotería: Carlos Fabra el hombre que se construyó un aeropuerto.

Parece ciencia ficción, sin embargo no lo es. En la historia de los trajes hay algo de mísero, de despropósito, de un insensatez imposible de creer de dos altos cargos políticos, pero es verdad.

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Publicado por en enero 22, 2012 in Política

 

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