No es que el entusiasmo me embargue al pensar que en un futuro ¡ojala que lejano! Felipe de Borbón pase a ser conocido como Felipe VI al devenir Jefe del Estado del Reino de España. La causa inmediata de mi escaso entusiasmo deriva de mi ayuno espíritu monárquico, pero eso corresponde más al mundo de las emociones y las intuiciones que a aquel que debe ocupar la razón. Tampoco da para grandes alharacas las argumentaciones, pero son algo más coherentes.
Decía en el curso 1962-63 (lo que no deja de tener mérito dado cómo era la España de aquel tiempo) Luís Sánchez Agesta catedrático de Derecho Político de la entonces Universidad Central (todo era central) y lo decía con su muy peculiar acento granadino que monarquía o república era igual, accidental, recuerdo que empleaba esa palabra, que los sustancial era saber si esa monarquía o esa república eran parlamentarias, con representantes elegidos por el pueblo en libertad, o no había parlamento o si lo hubiere (el caso de España entonces) éste fuera orgánico.
Ese accidentalismo al frente de la jefatura del Estado, pienso, ha sido el paradigma que nos ha conducido a tres décadas constitucionales y a una revolucionaria transformación del Estado de central a federal, aunque ese no sea termino estrictamente constitucional, pero parece obvio.
Son, sólo, treinta años constitucionales más los tres anteriores tras la muerte en su cama de hospital del dictador. Quiero decir que no le echamos. Se fue porque se murió, dato este que parece diluirse ahora que andamos recuperando memoria y no es cabal que así acontezca, porque eso que hoy somos: una democracia saludable, nace después de la desaparición física de un dictador que se adueñó de España durante cuarenta años ¡y qué cuarenta años!
EL BREVE
A la cabecera de la Jefatura del Estado accedió un joven varón a quien se adjudicó el calificativo de breve, lo que a estas alturas de su reinado parece un sarcasmo. Se sabe cómo alcanzó tal título, no se hace necesario recordarlo, pero ese monarca absoluto que fue el general Franco decidió adjudicarle el título de sucesor en una sesión extraordinaria de las llamadas Cortes Españoles en 1969, al día siguiente de que la Luna fuera hollada por un ser humano.
En esas Cortes carentes de representación alguna, de legitimidad y siendo la casi totalidad de los procuradores compadres de la causa, hubo votos contrarios a la designación. Personas que en voz alta dijeron no delante del dictador, anciano, pero que mantenía en su mano la jefatura del Estado y aquella del gobierno. Las más claras negativas procedieron de los falangistas más crédulos o más honrados o más utópicos, quienes no creyeron jamás que una guerra contra los rojos suponía la vuelta a España de los borbones, de quienes sólo cabía decir que desde su llegada Gibraltar no era español. Otros votos en contra llegaron de los monárquicos de toda la vida, pero que se avinieron al régimen de Franco complacientes y prósperos, porque hubo otros monárquicos, también de toda la vida, que supieron de la cárcel de Franco, como Bernardo Bernárdez, o que se vieron obligados a irse de España, como el doctor Óscar Bernat, o que pasaron su vida aquí perseguidos, como el padre de los hermanos Milá, y encima hoy nadie se acuerda de ellos. Los fieles a Franco, los procuradores monárquicos que dijeron no, juzgaban que la monarquía es hereditaria y don divino por lo tanto pensaban que si alguien debía suceder a Franco era el exiliado de Estoril, el padre del actual rey a quienes estos monárquicos de toda la vida llaman S.M. Juan III y cuyos despojos aguardan para ser enterrados, sin haber sido rey en vida, en el panteón real del Monasterio de El Escorial, lo que no se si es anticonstitucional, porque Juan Carlos I no está por encima de la ley y su padre no fue Rey.
Ese Jefe del Estado juró las leyes impuestas por el dictador, en noviembre de 1975, ante esas mismas Cortes. Leyes inalterables, por su propia naturaleza. Es verdad, pero asimismo lo es que pronunció un discurso de ruptura con lo plúmbeo y los gris característico de la dictadura, la cual no sólo asesino, encarceló, colonizó mentes, educó en la ley de dios y no dejó resquicio a la libertad, sino que además era un páramo aburrido y triste.
EL DISCURSOSupone ese discurso inaugural la llegada de un nuevo período. En una España sabana intelectual, pero con desarrollo económico evidente, donde se había transformado la geografía humana de la nación, que ya no era rural, sino urbana. Madrid, sin ir más lejos, había pasado de ser una aldea a tener cerca de cuatro millones de habitantes en menos de diez años. Por si algo faltara, el franquismo enroscado en sus propias miserias había negado la mayor en la crisis de 1973, la primera del petróleo, aquella que marca un nuevo rumbo para el mundo y aquí había inflación galopante, pero pleno empleo o casi, porque cuando una empresa fallaba, aunque fuera de porcelana, el INI (Instituto Nacional de Industria) la incluía en su holding de empresas que iban de la siderurgia a la minería pasando por la industria agroalimentaria.
Esa es la España que comienza a caminar tras la muerte del dictador. Una clase media creciente, una generación muy joven que no había vivido la guerra y que se situaba entre los veinticinco y treinta y cinco años, un ejército acostumbrado a obedecer y por eso Franco se encargó de que Juan Carlos fuera militar, dos partidos fuertes y verdaderamente poderosos y meritorios por su trabajo de oposición: el Partido Comunista y el PNV, un sindicalismo vertical agujereado por Comisiones Obreras, una sociedad en marcha organizada en muchos grupos pero muy activa, la catalana y una aspiración unánime de libertad, sin ira, pero libertad. Tan sin ira que en la primeras elecciones democráticas la inmensa mayoría de los escaños democráticamente elegidos por sufragio universal directo y secreto pertenecían a un partido recién nacido UCD y a otro histórico, el PSOE, que renacía, tras cuarenta años de vacaciones, como mordaz recordaría Santiago Carrillo. El elector elegía calma, o si se quiere, prefería el pacto para cambiar, que la abrupta ruptura.
En esas condiciones se hizo, hicimos la generación a la que pertenezco lo que pudimos y tampoco es tan malo, aunque se acepte que en esta vida todo es mejorable. Pedir ahora, quejarse ahora no vale, porque el potencial de los verbos es de una inutilidad manifiesta, porque Aníbal se enamoró y no invadió Roma. Pensar en que habría pasado en el supuesto en el cual Aníbal no se hubiera enamorado, es inútil o el principio de una gran novela. No más.
LIBERTAD SIN IRAAl frente de la Jefatura del Estado, y en consecuencia de esa generación, se halló Juan Carlos, porque le tocó, porque fue hábil, porque se saltó el principio hereditario, porque la familia Franco no logró colar a su candidato, el pobre Alfonso de Borbón, por todo ese cúmulo de circunstancias allí estaba Juan Carlos I. Pese a la amenaza golpista acompañada por un extraño compañero de viaje de nombre Eta, pese a que hubo que afrontar una crisis económica aguda, pese a todo, hemos llegado hasta aquí con sobresaltos, como el golpe de Tejero, con matanzas como la horrible de Atocha, pero aquí estamos. En nuestra vejez, la generacional y esa del Rey, podemos afirmar con orgullo, que somos la primera generación que no ha vivido una guerra asolar nuestra nación, que salvo ese forúnculo que es Eta, resolvemos los problemas hablando. Más, somos la primera generación que ha visto como llegaba al gobierno un socialista con mayoría absoluta, perteneciente a la generación de la democracia y como años después, tras la alternancia, llegaba de nuevo al gobierno de España el PSOE con gente de otra generación. Eso es un éxito en este país que celebra derrotas en sus fiestas autonómicas.
La transformación de España es obra de todos y sólo a escasos hagiógrafos se les ocurre manifestar que fue la tarea de un solo hombre. Ha sido la tarea de todos los hombres y de todas las mujeres, quizá quienes más cambio han experimentado y más derechos han adquirido afortunadamente. Hemos pasado de la nulidad de Rota al divorcio y no parece que percibamos cuanto eso supone.
A la cabeza de la Jefatura del Estado ha permanecido estos últimos treinta y cuatro años la misma persona, Juan Carlos I y lo ha hecho porque mayoritariamente somos juancarlistas o como diría Sánchez Agesta accidentalistas si se me permite la expresión. No somos monárquicos, pero tampoco creo que halla una mayoría consistente que pretenda llevar a la Jefatura del Estado a un presidente de la República, que sería la tercera. Debe ser éste, asunto que nada ocupe en la mente de los ciudadanos de esta vieja nación.
¿Sabe alguien cómo se llama el presidente de la República Federal de Alemania o el de la República de Italia? Las constituciones europeas copiaron el sistema parlamentario británico y por eso tenemos Jefe de Estado y de Gobierno, salvo el francés, los Jefes del Estado de la Unión Europea sirven para inaugurar crisantemos, como diría François Mitterrand, quienes mandan son los jefes de gobierno, que en España recibe el nombre y no es fortuito de Presidente, no primer ministro, no, Presidente. Podríamos hacer como en América y dar todo el poder al Jefe del Estado y se ahorra en presupuesto, pero con el sistema europeo ¿por qué mantener la seguridad de cada ex presidente mientras viva, en lugar de mantener una sola familia?
Evidentemente por salud democrática es mejor que el Jefe del Estado sea electo, claro que habría que saber por quien, si cómo en Alemania o como en Portugal, si por los senadores y diputados o por el muy soberano pueblo. Elijamos la última opción ¿queda para recibir embajadores un presidente electo?.
EL FUTURO IMPERFECTOJuan Carlos I (eligió ese nombre para evitar eso de Juan, porque en la lógica debería ser Juan III, pero estaba su padre. Al fin la corona de Aragón y el Reino de Castilla andaban hermanados porque su último rey de nombre Juan fue el segundo, uno padre de la Católica y otro progenitor de Fernando) tiene un lugar en la historia. El mejor Borbón, sin duda, y el único constitucional. No seré yo quien le critique. En mi opinión es un profesional como la copa un pino.
Diferente es el aspirante a Felipe VI. Los así llamados, salvo el II de tal nombre que fue grande, aunque asuste sólo con pronunciar su nombre, no fueron gran cosa. El primero, que nunca reinó y que pasó a la historia por que su esposa paseó su féretro por las tierras patrias, acabó envenenado porque no se avenía con la líneas de la política internacional de la monarquía de la Españas. El tercero fue un badulaque, el cuarto fue el más galán y mujeriego de los austrias y junto al Conde Duque de Olivares trabajó para bien, pero nos legó al Hechizado. El quinto y hasta el momento último era un desequilibrado que se levantaba deprimido a las ocho de la tarde, solo se animaba al oír el canto de un castrado y despachaba con los ministros de madrugada, quizá por eso está enterrado en el Palacio de la Granja y no en El Escorial. En fin no es buen augurio, llamarse Felipe y ser Rey. También es verdad que aquellos eran absolutos. Cómo también lo es que estéticamente la bandera tricolor es más bella que la bicolor, claro que de himno se anda igual de cojo.