La Comunidad Internacional se arrepentirá más pronto que tarde de los errores cometidos desde 1991 en los Balcanes. La desmembración de la antigua Yugoslavia es un cúmulo de equivocaciones, contradicciones y errores sin cuento. El mayor de todos la independencia camuflada incoherente e ilógica del Kosovo. El más triste, sin duda, el genocidio padecido por los ciudadanos bosnios que profesaban el Islam, dicho esto como genérico, porque no todos los bosnios musulmanes eran, en el instante de la destrucción de Yugoslavia, practicantes. Digamos, para entendernos, que eran musulmanes laicos, rara, pero esencial “avis” si deseamos caminar por la senda de la paz. Los despropósitos de la Comunidad Internacional han tenido su culminación con la segregación del Kosovo de Serbia. Es el último error, el más grave y peligroso para todos. Sin embargo no es el único.
En el inicio: junio de 1991, cuando dos sucesores de Tito jugaban a ser más sabios que nadie: Slobodan Milosevic (1941-2006) (oficialmente el malo) y Franjo Tudjman (1922-1999) (oficialmente el feo o como diría Lindon B. Johnson, presidente que fue de Estados Unidos, al referirse a Anastasio Somoza “es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta“). Estos dos individuos son los principales culpables, ni duda, también la Comunidad Europea, que andaba discutiendo el Tratado de Maastricht y se vio, en Luxemburgo en plena cumbre, sorprendida por los acontecimiento en Yugoslavia. Decidió, la cumbre, que la troika comunitaria acudiera rauda a apagar un fuego sobre el que los doce -sólo doce en 1991- no tenían una postura común, ni clara, si es que en realidad tenían alguna. Por no tener no tenían ni avión para ir. Hubo que acudir al oficial de Italia, ese con el que habían acudido a la cumbre el entonces primer ministro Giulio Andreotti (1919) y su ministro de Asuntos Exteriores, todo un personaje, Gianni de Michelis (1940). Así que de forma precipitada, sin citas previas, ni nada, partieron el presidente de la C.E. en ejercicio Jacques Poss (1937), luxemburgués, Hans van den Broek (1936), quien se haría cargo de la presidencia poco después y el citado de Michelis, quien era el tercer miembro, porque Italia, el único país grande entre los viajantes, había ocupado la presidencia el semestre anterior, es decir de julio a diciembre de 1990. Para que la troika estuviera al completo faltaba el cuarto componente, el comisario encargado de la relaciones internacionales, sin ninguna competencia todo hay que decirlo según los Tratados, pero aquel gran presidente de la Comisión que fue Jacques Delors (1925) iba siempre por delante y tenía dos encargados de semejante tarea, un holandés oscuro llamado Frans Andriessen, con quien acudía a las cumbres y el español Abel Matutes (1941). Tenía que haber sido él quien acompañara a la troika en su viaja a una Yugoslavia que se deshacía, pero, ajeno al conflicto -como casi todos- estaba navegando y no hubo manera de localizarlo, con gran irritación de Jacques Delors, quien siempre quiso que lo comunitario prevaleciera sobre lo intergubernamental. El improvisado viajecito de nada sirvió. La troika fue o mal recibida como en Croacia o se la hizo esperar antes de ser recibida.
Pocos días después de tan fallido viaje y antes de que Hans van den Broek, ya presidente el ejercicio de las Comunidades empezara a convocar, una semana si y otra también, conferencias sobre Yugoslavia en La Haya, apareció Hans-Dietricht Gensher (1927) el muy poderoso Ministro de Asuntos Exteriores de la ya unificada República Federal de Alemania. Gensher, alemán nacido en el este, dato que no es bueno dejar en el olvido a la hora de analizar los errores cometidos, se marchó, en solitario y casi en secreto, a Croacia y a Eslovenia. Olvidando a sus compañeros en el Consejo de Ministros de la C.E. a la O.N.U. y a aquello no escrito en Yalta, pero hasta entonces válido, de no modificar las fronteras establecidas después de la Segunda Guerra Mundial sin previo consenso, anunció la buena nueva del reconocimiento internacional a las dos incipientes naciones. Primera equivocación. Las divisiones en el seno comunitario fueron tantas, la actuación de Alemania en el conflicto tan a su aire y sin consultar, al fin Alemania pagaba casi todo, hasta evitó la caída del franco francés en la crisis de 1992, que en los pasillos de la sede del ministerio de Asuntos Exteriores de Holanda todavía resuenan las voces del ministro británico para Europa quien recriminaba a Gensher delante de los periodistas, que a estos dijera una cosa y en la mesa de reunión otra distinta. Francisco Fernández-Ordóñez (1930-1992) Ministro de España ya gravemente enfermo, solía decir que los insultos de los otros once a Gensher eran grandes, pero que claro al traducir bajaban mucho. Además el ministro alemán se dormía mientras sus compañeros hablaban para dar muestra de lo poco que le interesaba. Fernández-Ordóñez, cuando llegaba su turno, mecía a Gensher.
A las conferencias de La Haya, en aquel segundo semestre de 1991, sobre Yugoslavia, que, como bien se sabe, de nada sirvieron, a las que acudían Milosevic y Tudjman, llegaban autocares con matrículas de Alemania abarrotados de croatas, que jaleaban la llegada del coche blindado de Hans-Dietricht Gensher y que Tudjman aprovechaba para darse un baño de multitudes. Después llegaron las matanzas, la guerra civil donde Slobodan Milosevic siempre tuvo la contra de la Comunidad Internacional y de los medios de comunicación, claro que nada hizo él por mejorar su imagen. Cuando el Estados Unidos de Bill Clinton decidió meterse en el barullo balcánico se procedió a un referéndum sobre Bosnia-Herzegovina. Nuevo error. La población bosnia tiene aún tres componentes claros, casi a tercios iguales ciudadanos de origen serbio cristiano-ortodoxos, de origen croata católico y aquellos serbios, croatas, albanos, kosovares o turcos que aceptaron como religión, durante el largo imperio otomano, el Islam, seguramente para no pagar impuestos o porque era la manera de devenir la clase dirigente. Es evidente que sólo la presión de la diplomacia de Estados Unidos sobre Croacia hizo que Tudjman – que quería el territorio para él- diera orden a los croatas de Bosnia para que votaran la independencia. Los serbios perdieron y a partir de ahí llegó el espanto, el horror, la muerte las violaciones, la consternación en fin. Más errores sumados y entre ellos la presencia permitida de “afganos”, aquellos musulmanes que lucharon contra la URSS en Afganistán y que en buena medida son el germen de Al-Qaeda, aunque ante los horrores ese asunto ha pasado más inadvertido.
El bombardeo de Belgrado, donde Javier Solana (1942) tuvo algo que ver como secretario general de la OTAN tanto que ver que posiblemente ese hecho le haya impedido encontrar un lugar en la política española, como le habría gustado, trajo el fin de la historia, hasta que llegó el Kosovo. Primero: allí se encuentra el emplazamiento digamos que sagrado de los serbios, porque en el territorio kosovar se encuentra el lugar donde en 1389 los turcos derrotaron a los caballeros serbios. Segundo: de la cercana Albania y del Kosovo salían hacia el Imperio Otomano los eunucos que cuidaba harenes y dirigían política. Tercero: en el Kosovo se habla una lengua que sólo y únicamente hablan 2,2 millones de personas en sus casi once mil kilómetros cuadrados. Cuarto: Su unilateral declaración de independencia, en febrero del pasado año, divide profundamente la Unión Europea, pero los cuerpos de seguridad de sus estados miembros y de Estados Unidos admiten sin pudor que es un error mayúsculo e imperdonable reconocer esa independencia. La razón es sencilla: las mafias albano-kosovares son las más peligrosas, las más difíciles de perseguir, porque es imposible infiltrarse en ellas. Quinto: queda por resolver el problemas humano de los serbios que viven en el Kosovo. Sexto: En Bosnia los musulmanes son escasamente practicantes, pero no así en el Kosovo, aunque en Pristina, la capital, haya bajado mucho el poder de las mezquitas en los últimos tres años. Séptimo: España no reconoce, por causas estrictamente internas, la independencia del Kosovo. La razón es muy simple: si poco más de dos millones de kosovares son independientes ¿por qué algo más de seis millones de catalanes no lo van a ser?.
Total: había que irse del Kosovo. Había que haberse ido antes, en todo caso. Irritarse porque la ministra de Defensa se lo comunicara primero a la tropa, que se ha dejado la piel allí, parece un poco extravagante. Criticar la soberanía de España frente a la OTAN cuyo secretario general tiene los días contados porque es el postrero residuo de la teoría Dick Cheney (1941) sobre el mundo y eso, afortunadamente, ya no está de moda, es más grotesco aún. Todo lo sucedido tras el anuncio de la salida de nuestra tropas del Kosovo habría hecho las delicias de Ramón Maria del Valle-Inclán. Las variopintas y contradictorias opiniones vertidas por diversos portavoces del Partido Popular, donde cada vez se deja en peor lugar al muy sensato y coherente Gustavo de Arístegui. La consigna de cuanto peor mejor usada hasta el cansancio por ese hombre en campaña electoral permanente llamado Mariano Rajoy. Los viajes secretos del apaga fuegos y come marrones oficial del gobierno Bernardino León para arreglar el supuesto entuerto, cual nuevo Quijote, todo ha sido como una bola de nieve que se forma y cae sin mucho sentido. Marcharse del Kosovo, como muy bien ha dicho Gaspar Llamazares, está un acierto. En serio
Escrito por jotabege
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