A modo de prefacio habría que escribir lo obvio: Santos Mirasierra es extremeño. Nacido fuera, pero extremeño. Nacido fuera, porque sus padres tuvieron que irse a trabajar fuera de una España en dictadura y en desarrollo gracias, en gran medida, a los envíos que llegaban de aquellos españoles, que como los padres de Santos Miasierra, tuvieron que marcharse al extranjero para trabajar y comer. Es bueno recordarlo, ahora que perdida la memoria, consumidos en lo nuevo que sucede a lo más nuevo hasta alcanzar los novísimo para que, a su vez, sea superado por la novedad. Es bueno recordarlo, ahora que tenemos nuevos españoles entre nosotros y que no somos nosotros, los españoles, quienes tenemos que irnos, por ejemplo a Francia para ganarnos el pan.
Sin salirnos del prólogo sería bueno aproximarse a Marsella, con sus veintiséis siglos de antigüedad y existencia, puerto de mar fundado por atenienses, que ha servido de punto de llegada a cantidad de seres humanos. Desde tropas romanas que utilizaban, a partir de Marsella, la doble vía fluvial Rodano-Rin para llegar a Albión, hasta de punto de salida para cruzados niños. Ahora es un ciudad multiétnica como pocas. Sus habitantes que, con el francés como lingua franca, hablan otros muchos y diferentes idiomas y practican distintas religiones, aglutinan su sentir, como punto común, sean cuales sean sus raíces, alegrándose o lamentando los éxitos o los fracasos del Olympique de Marseille. Si el F.C. Barcelona es algo más que un club, el O.M. no le va a la zaga. Para evitar su desaparición han intervenido alcaldes de todas las tendencias. Su momento de gloria, también su mayor, ocaso lo alcanzó de la mano de un peculiar personaje, que llegó a ser ministro de Francia, llamado Bernard Tapie. Era él, el presidente del club, cuando el O.M. logró la gloria al conquistar la Copa de Europa en Lisboa ante el A.C. Milán en la temporada 1992-93. Título, este campeón de Europa de clubes, que es el único equipo francés que lo ha logrado. Poco tiempo después se descubrió que Bernard Tapie o la gente de su confianza en el club ganaban títulos, pero también compraban partidos. El descubrimiento le costó la cárcel al presidente-político y el descenso a segunda división al OM.
Terminado el proemio, extenso, pero necesario sean analizadas las causas y consecuencias que llevaron a la fama y a la cárcel a Santos Mirasierra, para saber, tras la observación de los datos, si el hermano de Lucila – allá donde nació en la provincia de Cáceres sólo se conocen tres mujeres de tal nombre en dos generaciones- es bandido o héroe, aunque al final resulte que tan sólo es un aficionado al fútbol, un hombre de treinta y cuatro años.
Dadas las circunstancias que rodean al O. M. es improbable y hartamente complejo deducir que los hinchas (Odio, encono o enemistad dice la Real Academia de la Lengua que significa la palabra hincha en sus primera acepción) en su sentido más peyorativo y negativo, del conjunto marsellés sean de ultraderecha, como sucede con la mayoría de los ultra que siguen a los equipos, pagados la mayor parte de las veces por los propios clubes. (El presidente del Real Madrid los acaba de usar como agitadores en la última asamblea). Entre los símbolos que exhibieron el día que Santos Mirasierra saltó a la fama, no estaba la bandera de los confederados del sur, que eran esclavistas y fueron derrotados en la guerra de secesión de los Estados Unidos. Esa bandera une a los hinchas más recalcitrantes, apasionados y violentos de las gradas europeas. No se ven, en las imágenes de los sucesos que acabaron con los huesos de Santos Mirasierra en la cárcel, esas banderas, ni tampoco esvásticas ni otros símbolos racistas o xenófobos. Escrito lo cual no queda descartado, en lo absoluto, que los hinchas del O.M. aunque no ultraderechistas, ni fascistas, sean apasionados, gritones, guerreros y folloneros o extremistas. Tampoco se les exculpa de lo sucedido en el Manzanares, pero sí es deseable poner a cada hincha en su lugar descanso.
Los irritables aficionados del O.M. traídos a Madrid, con toda posibilidad gracias a las arcas del club o del municipio marsellés, utilizaron otros símbolos que ni la Ley Contra la Violencia, el Racismo, la Xenofobia y la Intolerancia en el Deporte de 2007 considera susceptibles de incurrir en falta. No obstante ello, fue un símbolo, una calavera, seguramente corsaria, de esas que triunfaron en el Mediterráneo durante siglos, lo que originó el protagonismo de Santos Mirasierra.
La ley vino a cubrir un gran vacío. Su inexistencia hizo que no fueran juzgados con la misma severidad los autores de palizas a periodistas de TVE en Valencia o Sevilla, ni tampoco a los aficionados sevillanos que apalearon a un guardia jurado en el Estadio Sánchez Pizjuan, citados como ejemplos, porque hubo más, como una cabeza de cerdo en el Nou Camp. La ley era pues necesaria y Santos Mirasierra se ha topado con ella, como don Quijote con la Iglesia.
Todo indica, señala y determina que Santos Mirasierra era el hombre equivocado en el lugar inexacto. En el follón (alboroto, discusión tumultuosa, según el diccionario de la RAE) del Manzanares, Estadio Vicente Calderón, Santos Mirasierra es, ante todo y sobre todo, el intermediario, el interprete, el ciudadano que la policía, española, entiende. Santos Mirasierra es, dicen en la villa natal de sus padres y de su hermana Lucila un buen rapaz, al que gusta de pasearse por allí en los veranos. Tan buen rapaz que el pueblo se movilizó entero para que su estancia en la cárcel no fuera tan horrorosa como puede ser una prisión.
Santos Mirasierra no lanza la silla famosa, al menos no hay ninguna imagen que así lo indique, ni una. Santos Mirasierra acudió al lugar del follón a mediar entre la policía y los hinchas, porque el habla español y francés. Ese es su principal error, lo que conduce a un sentencia, aún no firme, por eso está en libertad bajo fianza, de tres años.
De ahí en adelante cualquier juicio de valor es asumible, porque condenar la violencia en los estadios de fútbol es necesario, pero no sólo: hay que erradicarla. Es intolerable, pero Santos Mirasierra es el acusado, convicto, más baladí (de poca importancia según el diccionario de la RAE) de los posibles.
Cierto que hubo lío. Cierto que la UEFA del francés de origen italiano Michel Platini se pasó con las condenas al Atlético de Madrid. Cierto que los hinchas del O.M. se fueron de órbita amenazando a los aficionados rojiblancos. Más parece que había una conspiración contra el Atlético de Madrid para que alcanzara los octavos de final de la Liga de Campeones el francés O.M., que Santos Mirasierra sea un hincha descerebrado. Es verdad que la coleta en un hombre no ayuda mucho para privarle del calificativo de descerebrado con el que ha sido calificado, ni a ser detenido por la policía, ni a que el día que salió en libertad previo pago de fianza en alguna onda radiofónica, no precisamente reaccionaria, se afirmara con desmesura y sin tino que había sido el afán de Rodríguez Zapatero por asistir al G-8, lo que había proporcionado la libertad del ciudadano extremeño Santos Mirasierra, además de asegurar que esa puesta en libertad dejaba al juzgado que lo condenó en ridículo. Por opinar, que no quede y por desconocer incluso que falta la sentencia firme que en su día pronunciará el Tribunal Supremo y ya veremos entonces.
Mientras lo vemos, Santos Mirasierra ha vuelto a las gradas del estadio marsellés y es de esperar que regrese con sus padres y su hermana Lucila por Extremadura. La madre de Santos agradeció en perfecto extremeño a toda Francia el esfuerzo realizado para conseguir la vuelta de su hijo a casa. Dijo: “ A toda Francia, muchas mersis, muchas mersis”. En perfecto extremeño, ya escribo.
Se llega así al epílogo para afirmar que no se puede juzgar a la ligera, que no se pueden confundir a los hinchas apasionados aunque en su mayoría sean fascistas, racistas y xenófobos, pero no es el caso del O.M. Su presidente es negro y de origen senegalés. Tampoco se puede recibir a un convicto de tumulto como a un héroe y salir de la cárcel para ser transportado en avión privado. Todo un sin sentido protagonizado por todo un personaje digno de Eurípides: Santos Mirasierra, el hombre que estaba en el sitio equivocado el día peor.