Ahora que resuenan tambores de revolución juvenil, que usan Bolonia como disculpa y están alentados por preclaros escritores de provecta edad, raices progresistas, que evocan con nostalgia los sucedido en Francia en el sesenta y ocho (en Francia que no en Checoslováquia ni en México, conste) conviene rememorar, sin acritud, pero con certeza de donde partió la idea de llevar la imaginación al poder. No fue en Nanterre, como reivindicara cualquier chovinista francés, sino en Piacenza, localidad italiana situada en el noroeste de esa península. Dista de Bolonia 159 kilometros y en el camino se pasa por lugares como Parma y Modena (pese a Silvio Berlusconi y su ritmos facciosos, Italia sigue ahí) .
En el año sesenta y dos -año casi tan importante como el sesenta y ocho pero con menos prensa- apareció una revista llamada a crear pensamiento y escuela en Europa durante muchos años: “Quaderni Piacentini”. Durante una etapa se editó en ciclostil, algo que suena tan prehistórico como bifaz, pero fue herramienta útil para difundir ideas, tanto como el bifaz para cortar cuero. Más tarde los cuadernos se editaron con formato libro y, por norma, su portada era roja, lógico. En su número de noviembre de 1968, es decir en el año vértice, el consejo editoral se aproximaba a los sucesos de Praga y alguien tan llamado a ser muy conocido como Guido Neri publicaba un artículo titulado: “L’esperienza cecoslovacca. Il fallimento completo del revisionismo moderno sovietico”. En ese mismo número escribían Bertolt Brecht (autor de obras de teatro como “La resistible ascensión de Arturo Ui” , Rudi Dutschke (Rudi el Rojo) por citar ejemplos. Era una revista sesuda, de análisis, que sustentaba un movimiento, aquel del sesenta ocho, que presumía de raices marxianas, pero era profundamente ácrata, como a la mejor de las acracias responden los sucesos de Grecia, que, dicen sabios doctores, son el principio de una nueva revuelta juvenil.
Aquellas revueltas del sesenta y ocho del pasado siglo, al menos tenían un fundamente teórico en “Quaderni Piacentini” y en otros cuadernos que se editaban en Europa. No se pueden olvidar, en modo alguno, los “Cuadernos para el dialogo” españoles.
El icono mayor de los aconteceres de París-68 fue Daniel Cohn-Bendit, un europeo de origen judío nacido en Francia y eurodiputado por Alemania, quien acabó publicando, en el veinte aniversario del mayo famoso, un libro titulado “Nous l’avons tant aimé, la Révolution” previamente había sido una serie de televisión. En ese libro, que es un canto a la democracia como solución, dialoga con todos los protagonistas del sesenta y ocho (de origen judío en su mayoría, por cierto). Es, Dani el rojo, uno de los diputados del Parlamento Europeo que ha dicho no a la jornada de sesenta y ocho horas. Es el mismo Parlamento Europeo que abrió paso al llamado proceso Bolonia, porque una cosa es oponerse a la locura de trabajar 65 horas semanales y otra oponerse al proceso Bolonia, porque nadie en su sano juicio puede oponerse a ese proceso que hará iguales a todos los licenciados universitarios nacidos en cualquiera de los veintisiete estados que forman la Unión Europea.
Para empezar la mayoría de las Universidades europeas ya han adoptado el sistema llamado de Bolonia. Las oposiciones surgen desde las carreras llamadas de humanidades y en particular en aquellas donde la ratio profesor alumno es indirectamente proporcional, quiere decirse que hay más profesores que alumnos. Cabe pensar en consecuencia y coherencia que son los profesores quienes alientan a los más jóvenes para mantener su puesto de trabajo y no a la inversa. Las matriculaciones en la España nuestra de cada día en carreras como Filosofía son tan mínimas que no pasan de los dos dígitos. Ese tipo de carrera univerisitaria tan específica, practicamente no existe en nuestro entorno, lo cual no quiere decir que no se estudien Aristóteles, Descartes o Kant. Ligar los sucesos de Grecia con la filosofía es posible, pero con el proceso de unificación universitaria es argumento pobre y baladí, porque nada tiene que ver.
Es probable que los más jóvenes anden hartos. Tienen motivos, porque el capitalismo financiero, que ahora lame sus heridas, ha barrido con casi todo y de paso ha oscurecido su futuro y ese, como decía Mao en su Libro Rojo o San Juan en su Evangelio, siempre es de los jóvenes. Ver en los sucesos de Grecia un paralelo con lo ocurrido hace cuarenta años, siempre queda bien si además los paralelistas vivieron aquellos acontecimientos, donde la imaginación, como es notorio, no llegó al poder, pero sí la democracia como norma. Poco más sucederá ahora, cuando el capitalismo más puro y duro enferma de gravedad, aumenta el paro y los nubarrones se ciernen sobre jovenes y otras especies.
Los sucesos de Grecia son la expresión de una rabia, pero no tienen ideología, ni propuesta alternativa, son esencialmente, con perdón, nihilistas. En consecuencia están llamados, como todos los de semejante estilo que la historia recuerda, al fracaso más absoluto. Eso sí ahora se producen en vivo y en directo. Llaman más la atención, porque se sale en la televisión y se alcanza rápido el cuarto de hora de gloria que según se cree todo alcanzamos alguna vez.
No hay nada, los chicos que hacen “kale borroka” en el Atica no saben ni quien es Bertolt Brecht, pero sí como se destruye un escaparate. En poco tiempo no serán ni recuerdo. Como nadie recuerda el movimiento estudiantil de la Francia de 86 que se cargó al ministro de Universidades. Los mismos escritores que hogaño ven señales de nuevo rumbo, las anunciaron en aquellas calendas.
Escrito por jotabege
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