Asombra conocer, a estas alturas del reinado, las opiniones personales de Sofía de Grecia. Nacida en Atenas es descendiente de daneses por parte paterna y de alemanes por parte materna, acento este último, el alemán, que, pese a los años vividos en España, se le nota aún. En realidad debería llamarse de esta manera impronunciable es decir Sofía Schleswing-Holstein Sonderburg-Glücksburg, que son sus reales señas de identidad y no el sencillo Grecia, falso por otra parte. Lo cierto es que tras años de prudencia y sabiduría, como su propio nombre lo indica, la Reina se ha ido de la lengua más de lo preciso, no más de lo permitido porque la libertad de expresión alcanza, sin duda, a la monarquía. Sorprende que una mujer que sólo ha sacado los pies del tiesto en los primeros meses de la monarquía para marchar a la India a refugiarse en los brazos de mamá Federica en la casa del gurú con quien vivía la Reina Madre de Grecia. Se fue con los niños, enfadada porque su marido, el Rey, había ligado con una duquesa en los postres de una cacería. Aquello obligó al patético Carlos Arias Navarro, a la sazón presidente del último gobierno de Franco y del primero de la monarquia a hacer esfuerzos cuantiosos para que Reina e hijos volvieran a España, como si no tuviera suficiente con comprobar que los españoles querían democracia.
La Reina regresó y los españoles pagamos la compañia de madre Federica y hermana Irene. De la madre hasta que murió en aquel febrero de 1981 que tuvo de todo, como bien se recuerda. Daba la impresión, hasta las asombrosas confesiones de la Reina, que había aprendido de los malos hábitos de su madre que costó caro a papá Pablo, Rey de los Griegos y más tarde al hermano Constantino. Mamá Federica Hannover estaba interesada en que los reyes metieran las narices en los asuntos de gobierno más de lo debido y aconsejable. En el golpe de los coroneles griegos algo tuvo que ver Constantino.
Aseguran que esa experiencia personal, más el recuerdo que el Rey Juan Carlos tenía de la metedura de pata de su abuelo Alfonso XIII tolerando la dictadura de Primo de Rivera, tuvo mucho que ver con la actuación brillante y aplaudida del Rey la noche aquella del 23 de febrero de 1981. Ahora en las conversaciones privadas de la Reina con una buena periodista, Pilar Urbano, resulta que aconsejó Sofía de Grecia, al monarca que ocultara sus cartas, lo que dice poco en favor de un Rey que es alabado por la mayoría de los españoles, quienes, por cierto, en grado mínimo se dicen o se piensan monárquicos. Parece ésta la mayor metedura de pata de la Reina Sofía, aunque son muchas más, según se reproduce de manera copiosa, para mayor gloria del editor Planeta y de la autora.
Este parado con blog afirma que Pilar Urbano, miembro del Ops Dei, es una gran periodista, posiblemente su libro sobre el 23-F sea el más trabajado y con más datos de cuantos se han publicado. PIlar Urbano ha contado muchos secretos en su etapa de reportera política y no fue desmentida o lo fue en la misma proporción que somos desmentidos todos los escribidores. Pilar Urbano no se inventa un libro. La operación matar al mensajero es aburrida, por antigua. Habrá que aceptar que la Reina se fue de la lengua más de lo debido y que nadie mandó a callar oportunamente.
Si una persona, de la cultura de la Reina, recibe en privado, durante quince sesiones, a una periodista que va a publicar un libro sobre ella, no hay privacidad alguna. Un periodista cuenta lo que le cuentan. La Reina tenía ganas de hablar y ha salido una Reina reaccionaria, ultramontana y meapilas, que no es el retrato más común que se tenía de Sofía de Grecia.
La Reina, por ejemplo, habla con cariño de Alfonso Guerra. Ambos comparten afición a la música y al teatro. La Reina ha esperado, en varias ocasiones, antes de entrar en la sala de conciertos hasta que Alfonso Guerra ocupaba su asiento justo al lado de la madre de su hija. Ambos son profundos conocedores de la cultura mediterránea y han hablado de ello copiosamente. Esa Reina prudente que sabe moderar a su marido cuando éste da rienda suelta a su bonhomia, se ha soltado el pelo a los setenta años. Una mujer de esas cualidades, con esa experiencia, no hace nada sin haberlo meditado profundamente. Quizá es una venganza, una llamada de atención, pero no parece un traspies.
No se debe olvidar, para no acabar en la plaza pública con el mensajero, es decir la autora de libro, que este gozaba del nihil obstat e imprimatur de la Casa Real. Claro que la Casa desde la marcha de Sabino Fernández Campo, pero sobre todo desde la llegada del diplomático Alberto Aza a su dirección, más la partida de Asunción Valdés de la jefatura de Comunicación, no está nada bien servida. Si la Reina ha metido la pata, quienes han autorizado sin cortapisas las greguerias de Sofía Schleswing-Holstein Sonderburg-Glücksburg deberían dimitir.
Escrito por jotabege
Escrito por jotabege
Escrito por jotabege